Nadie entendería jamás el mundo maravilloso que visitaba Josefina desde hace tiempo. Siempre esperaba cada noche que llegara Valentino, miraba con obsesiva ansiedad que las estrellas le hablaran, trataba de escucharlas, que alguna más chismosa le murmurara a qué hora pasaría por ella. Su cabeza estaba llena de fantasías y colores de mundos mágicos con brujas, princesas, magia, duendes y personajes increíbles. Alimentaba cada día su alma con flores, con música, con aromas, con el amanecer tibio del verano, con la niebla y el frío, con los árboles deshojados en invierno pero claramente la primavera era su estación favorita, donde bajaban las musas sin contemplación y anidaban en su cabeza, inquietando su espíritu hasta llevarla a un estado de plena y dichosa locura, como le gustaba gritárselo al viento.
Cada día lo soñaba, pensaba en Valentino, en la tibieza de sus abrazos, en su dulce voz cuando le cantaba infinitas canciones de amor. Lo esperaba con el corazón exaltado, lo extrañaba con tal ansiedad, como cuando sientes a alguien querido que te deja para partir a un nuevo mundo, lleno de ángeles y de luz. Lo necesitaba como cuando anhelas esa brisa fresca que se deja sentir algunas veces, durante las tardes de verano en pleno diciembre.
Quería sentirlo cerca, tocarlo, hablarle, decirle que siempre lo va a esperar para vivir intensamente, para correr por las calles de un trasnochado Santiago, para susurrarle suavemente al oído, hasta que se quedara dormido, como hacía mamá cuando lo tenía en sus brazos, como si ya no existiera más futuro que el presente.
Pensaba en todo eso cuando repentinamente Valentino llegó dejando un destello de luz brillante tras su sombra, la miró intensamente a los ojos y Josefina entendió perfectamente que ya había llegado la hora:
¿Y, me llevarás?
¡Claro que sí! – le respondió con los ojos llenos de complicidad.
¿Estás nerviosa?
Mucho.
¿Por qué?
No sé creo que estás más loco que yo.
Y se aferró a su espalda en un abrazo infinito, como si fuera un escudo protector ante la vida, corriendo por los días y saltándose las noches, viajando por los meses y tal vez por los años, su corazón latía a mil, él la tenía tan cerca de su alma que nada más importaba, que todo había valido la pena, estar separados sólo había sido un paréntesis amargo, ya nada más importaba, y por fin lo entendió. Comprendió que esperar tenía sentido si vivimos con la esperanza de disfrutar intensamente esos momentos…Al llegar a la casa de las hadas y los duendes se prometieron, mirándose a los ojos, que nunca más se iban a separar.
Está amaneciendo y aún está la luna llena en el azul oscuro de este cielo de otoño cuando suena la alarma de un reloj, como un animal aullando sin consideración alguna del agotador viaje que Josefina había tenido. Ya era hora de levantarse para vivir un nuevo día...y en esos segundos... es cuando se guarda en un zapatito roto porque mañana de seguro tendrá otro...
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